Me he dado cuenta de que cada verano me obsesiono con mi peso. Hace calor, voy más suelta, me noto y veo más el cuerpo. Error. Y si, además, le sumas que trabajo en casa, por lo que puedo levantarme cuando quiero y mirarme al espejo las veces suficientes como para que roce lo obsesivo, pues ya tienes ahí una combinación horrorosa. Siempre he sido una chica muy delgada, he estado siempre por debajo de lo que llaman “peso ideal” y mi talla era una S del Pull and Bear y una 36 de pantalón (a veces, incluso, una 34). Y aunque cuando estaba así tampoco me libré de los pensamientos nocivos acerca de mi cuerpo, ahora me veo en perspectiva y alucino con cómo podía entrar en según qué prendas. Pero, de unos años a ahora, mi cuerpo ha cambiado. Tengo casi 30 años y peso unos 10 kilos más que en aquella época. Mi peso ha ido oscilando, pero nunca he pasado de una 38 de pantalón. Ayer, sin ir más lejos, me puse a buscar en internet “cómo calcular tu porcentaje de grasa” y como primer resultado me ...
Los gorriones son mis compañeros de trabajo estos días en los que estoy enfrascada en el trabajo final de máster. En el rincón donde trabajo tengo un ventanal que tiene un alféizar de un tamaño considerable. Desde que vivo aquí he pasado muchas horas en este rincón mirando hacia la ventana, aunque dé a una fachada y para ver el cielo tenga que moverme. Un gato asomado por la ventana mirando con interés qué ocurre en la calle, la vecina tendiendo la ropa en el balcón y los gorriones que alguna vez se han apoyado en el alféizar para descansar entre vuelos. Los vecinos de abajo tienen el cacharro del aire acondicionado fuera, al lado de la ventana de la cocina. Cuando me asomo, mi visión cenital me permite ver un cuenco con agua y otro con comida. Alguna vez he pillado a varios gorriones descansando ahí también. Uní conceptos: gorriones en el alféizar y comida encima del cacharro del aire , así que pensé en poner un bol con agua y trozos de pan en la ventana de donde trabajo para ve...
Hoy es el blue monday , se dice que es el día más triste del año, y yo lo estoy. Pero no por lo que esa suposición entiende que tenemos que estarlo, sino porque llevo desde el sábado preguntándome qué hago aquí. Aquí en Galicia, no en el mundo (que también, pero eso es otro tema). El sábado por la tarde tuve una videollamada con una amiga de Valencia, una amiga con la que hablo más bien poco, pero que echo mucho de menos. Hablamos de muchas cosas, nos pusimos al día mientras caía la noche hasta que me quedé casi en la penumbra. Estuvimos hora y media. Colgamos y yo me fui a la ducha. Estaba bien, un poco triste porque estoy lejos, pero ya. Sin embargo, al terminar de ducharme, me puse a llorar y no podía parar. En ese momento todo se me desmoronó porque me di cuenta de lo mucho que echo de menos a mis amigos. Todas las razones que había ido recabando estos meses sobre por qué quiero estar aquí desaparecieron y dieron paso a la idea de volver a Valencia. A mandar todo a la mi...
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