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Odio las tardes de verano

Las interminables, soleadas y calurosas tardes de verano.  El sol de la tarde reflejando en la fachada del edificio de delante y llenando mi habitación de una luz rara que me entristece. Este es el primer verano que he pasado en Galicia y me ha pasado lo mismo que en Valencia: las tardes se me han hecho interminables. No ha hecho mucho calor, por suerte, pero el sol ha estado ahí. Todos los días. Incesante. No entiendo por qué, pero las tardes de sol tan largas acaban afectándome anímicamente, los ánimos me bajan y solo estoy deseando que se esconda detrás de los edificios para que quede menos para la noche. Y claro, encima aquí súmale una hora más de día porque estamos encima de Portugal, que tiene una hora menos. He pensado mucho en ello, en por qué me ocurre esto, y una de las razones que he encontrado es que me recuerdan a las tardes de verano que me pasaba en casa encerrada porque no tenía amigas con las que quedar. O sí las tenía pero me quedaba esperándolas. Me recuerda al m...

Ya no me hago fotos.

A veces entro a mi galería de fotos del móvil porque de repente se me pasa por la cabeza que quiero recordar qué aspecto tenía en cierto momento de mi vida. Desbloqueo el móvil, no me reconoce la cara y tengo que poner el dichoso código. Toco el icono de la galería y deslizo el dedo por la pantalla para navegar entre las fotos de meses y años anteriores hasta llegar al momento que busco. Selecciono una imagen para hacerla más grande, que se vea a pantalla completa. Me analizo: me miro el pelo, qué ropa llevaba, cómo me quedaba, cómo de delgada estaba. Todo repasado al milímetro. Hago zoom para ver si se me notaba la papada, también para ver si la forma de la cara es la misma que la de ahora porque se me ha metido en la cabeza que mi cara ha cambiado y ahora la tengo más redonda. Deslizo de nuevo el dedo hacia arriba, pero esta vez desde la parte inferior de la pantalla para salir de la aplicación y cerrarla. Bloqueo el móvil, lo dejo en la mesa e intento seguir con mi vida. El caso es ...

Blue monday

Hoy es el blue monday , se dice que es el día más triste del año, y yo lo estoy. Pero no por lo que esa suposición entiende que tenemos que estarlo, sino porque llevo desde el sábado preguntándome qué hago aquí. Aquí en Galicia, no en el mundo (que también, pero eso es otro tema). El sábado por la tarde tuve una videollamada con una amiga de Valencia, una amiga con la que hablo más bien poco, pero que echo mucho de menos. Hablamos de muchas cosas, nos pusimos al día mientras caía la noche hasta que me quedé casi en la penumbra. Estuvimos hora y media. Colgamos y yo me fui a la ducha. Estaba bien, un poco triste porque estoy lejos, pero ya. Sin embargo, al terminar de ducharme, me puse a llorar y no podía parar.  En ese momento todo se me desmoronó porque me di cuenta de lo mucho que echo de menos a mis amigos.  Todas las razones que había ido recabando estos meses sobre por qué quiero estar aquí desaparecieron y dieron paso a la idea de volver a Valencia. A mandar todo a la mi...

No puedo más.

Me he dado cuenta de que cada verano me obsesiono con mi peso. Hace calor, voy más suelta, me noto y veo más el cuerpo. Error. Y si, además, le sumas que trabajo en casa, por lo que puedo levantarme cuando quiero y mirarme al espejo las veces suficientes como para que roce lo obsesivo, pues ya tienes ahí una combinación horrorosa. Siempre he sido una chica muy delgada, he estado siempre por debajo de lo que llaman “peso ideal” y mi talla era una S del Pull and Bear y una 36 de pantalón (a veces, incluso, una 34). Y aunque cuando estaba así tampoco me libré de los pensamientos nocivos acerca de mi cuerpo, ahora me veo en perspectiva y alucino con cómo podía entrar en según qué prendas. Pero, de unos años a ahora, mi cuerpo ha cambiado. Tengo casi 30 años y peso unos 10 kilos más que en aquella época. Mi peso ha ido oscilando, pero nunca he pasado de una 38 de pantalón. Ayer, sin ir más lejos, me puse a buscar en internet “cómo calcular tu porcentaje de grasa” y como primer resultado me ...

Practicando

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Ayer y hoy he dedicado un buen rato de la mañana a dibujar en lo que he denominado mi sketchbook , pero que no empezó siéndolo. Me la compré en la Fnac de San Sebastián, allá por el 2021 y no lo empece a usar como tal hasta hace un tiempo. Primero, lo usé para hacer un ejercicio que me mandó hacer la psicóloga en el que tenía que escribir qué cosas dependían de mí y cuáles no. Ese y el de escribir tres cosas por las que estés agradecida antes de ir a la cama son ejercicios típicos de terapia. Creo, no sé. Tampoco soy terapeuta. Pero yo no venía a hablar de esto, que me entretengo en detalles que no tienen importancia para lo que quiero decir. Que decía que ayer y hoy he dibujado en la libreta y con la página de ayer estoy medio contenta porque recuperé en mi memoria una de mis canciones favoritas de la vida entera: L. Wells, de Franz Ferdinand. Hice algunos dibujos inspirada en la chica que aparece en el videoclip. Rellené los huecos con versos de la canción. En blanco y negro la págin...

Los gorriones.

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Los gorriones son mis compañeros de trabajo estos días en los que estoy enfrascada en el trabajo final de máster. En el rincón donde trabajo tengo un ventanal que tiene un alféizar de un tamaño considerable. Desde que vivo aquí he pasado muchas horas en este rincón mirando hacia la ventana, aunque dé a una fachada y para ver el cielo tenga que moverme. Un gato asomado por la ventana mirando con interés qué ocurre en la calle, la vecina tendiendo la ropa en el balcón y los gorriones que alguna vez se han apoyado en el alféizar para descansar entre vuelos.   Los vecinos de abajo tienen el cacharro del aire acondicionado fuera, al lado de la ventana de la cocina. Cuando me asomo, mi visión cenital me permite ver un cuenco con agua y otro con comida. Alguna vez he pillado a varios gorriones descansando ahí también. Uní conceptos: gorriones en el alféizar y comida encima del cacharro del aire , así que pensé en poner un bol con agua y trozos de pan en la ventana de donde trabajo para ve...

No es el final, es el inicio.

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Pues que ya he terminado el máster. Así de buenas ya ha pasado un año. Un año en el que me he planteado y replanteado muchas cosas, como si valgo para esto o no.  A los pocos días de empezar el máster y tras la primera asignatura, tuve un mental breakdown bastante fuerte y jodido. Se me juntó, supongo, las hormonas de la regla, el estar nada segura de mis dibujos y que hacía un mes que vivía en este piso. Fueron unos días bastante horribles. Sin embargo, me alegro mucho de no haberme rendido y haber decidido seguir porque de no ser así, probablemente no estaría escribiendo esto aquí. O estaría escribiendo, pero algo totalmente diferente. He terminado el máster con mucha más seguridad en mí misma y creyendo que sí puedo trabajar como ilustradora, cosa que para mí ya es un avance ENORME.  ¿Creer en lo que hago? ¿Ponerle valor a mis ilustraciones y pinturas? Qué me estás contando, quién es esta Meritxell de la que me hablas. Pese a que no estaba segura de mi trabajo final, creo q...