Ya no me hago fotos.
A veces entro a mi galería de fotos del móvil porque de repente se me pasa por la cabeza que quiero recordar qué aspecto tenía en cierto momento de mi vida. Desbloqueo el móvil, no me reconoce la cara y tengo que poner el dichoso código. Toco el icono de la galería y deslizo el dedo por la pantalla para navegar entre las fotos de meses y años anteriores hasta llegar al momento que busco. Selecciono una imagen para hacerla más grande, que se vea a pantalla completa. Me analizo: me miro el pelo, qué ropa llevaba, cómo me quedaba, cómo de delgada estaba. Todo repasado al milímetro. Hago zoom para ver si se me notaba la papada, también para ver si la forma de la cara es la misma que la de ahora porque se me ha metido en la cabeza que mi cara ha cambiado y ahora la tengo más redonda. Deslizo de nuevo el dedo hacia arriba, pero esta vez desde la parte inferior de la pantalla para salir de la aplicación y cerrarla. Bloqueo el móvil, lo dejo en la mesa e intento seguir con mi vida.
El caso es que eso no podré hacerlo en unos años porque me he dado cuenta de que ya no me hago fotos desde hace meses. Alguna suelta cuando me acuerdo. Pero no con tanta frecuencia como antes. No hablo en un plan narcisista, es más a modo de recuerdos para documentar cómo era yo en cierto momento de mi vida.
Me di cuenta de esto justamente cuando un día me puse a mirar la galería para recordar momentos de hace unos meses y vi que no aparecía en ninguna de las escasas fotos que había tomado en el mes de agosto.
En septiembre de 2025 me fui a Londres, un destino soñado por mí desde que tenía 15 años, y tengo muchas fotos en el móvil de aquel viaje, sí, pero en muy pocas salgo yo y en las que salgo me veo muy horrible. Recuerdo el momento de hacerme el selfie llevando la camiseta de Lisa Simpson porque quería compartirla en redes y pensar “joder, qué horror”. Así que se quedó en la galería.
A raíz de esto me puse a pensar y empecé a ser consciente de que la manera en la que me percibo ha ido cambiando estos últimos meses. No es que siempre me haya tenido en una gran estima, pero sí es verdad que hace un tiempo me veía mejor, me gustaba cómo me quedaba la ropa cuando iba a los probadores de las tiendas, me gustaba cómo salía en las fotos, me veía en el espejo y no me daba asco.
No sabría decir en qué momento en concreto mi cuerpo cambió y pasé de una 36 a una 38 ya de manera definitiva. Tener una 38 no es el fin del mundo, pero para una persona que siempre ha estado demasiado delgada, ha llegado a usar una 34 con 21 años, y está obsesionada con la apariencia de su cuerpo, es difícil de asumir.
Mis brazos están más grandes, mis piernas están más grandes, ropa que me venía antes ahora ya me viene justa o no me la puedo poner, ropa que creo que me va a estar grande, me la pruebo y me viene justa… Lo cierto es que ya no sé qué forma tiene mi cuerpo.
Todas las mañanas al entrar en mi estudio me levanto la camiseta del pijama y me pongo de lado frente al espejo para ver cómo de delgada está mi barriga. Todos los días. Sin excepción. A continuación, me pongo a trabajar. Momentos después vuelvo a pasarme revista frente al espejo para ver si la ropa me hace parecer más o menos ancha. Me veo horrible.
El peor momento es cuando me pongo ropa que me ponía hace unos años y no me queda igual que como imaginaba.
La tristeza que me da recordar la época en la que los fines de semana me ponía mi ropa favorita y mi pareja y yo nos íbamos a hacer fotos (generalmente él a mí) que luego revisábamos en su ordenador al volver a casa. Las subía a instagram, la gente me comentaba en ellas. “¡Qué guapa!”, me decían. Ahora ya ni siquiera recuerdo un momento en el que me tomen una foto y no me insulte al verla.
De esto hace, por lo menos, seis años. En estos seis años han pasado muchísimas cosas en mi vida, además de haber cumplido 30. He cambiado, mi vida ha cambiado mucho desde entonces y pretender tener el mismo cuerpo que con 21 años, es algo que tengo que quitarme de la cabeza. Pero la teoría es mucho más fácil que la práctica y estar todos los días conmigo misma no ayuda con la obsesión por mi apariencia.
Nunca sé cómo concluir estos textos que escribo. Me pasa igual con las despedidas, es de los momentos que más ansiedad me produce porque es con lo último con lo que se quedará la persona que me lea/vea. Siempre me pone nerviosa. Pero peor es cuando estás con más personas y eres la primera en irte. Ese momento de atraer la atención hacia ti porque tienes que avisar que te vas… Mira, prefiero morirme.
Vuelvo a abrir la galería para recordar qué aspecto tenía la Meritxell de diciembre de 2023. Navego por las fotos. Deslizo hacia arriba, cierro la aplicación y bloqueo el móvil.
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