Odio las tardes de verano
Las interminables, soleadas y calurosas tardes de verano.
El sol de la tarde reflejando en la fachada del edificio de delante y llenando mi habitación de una luz rara que me entristece.
Este es el primer verano que he pasado en Galicia y me ha pasado lo mismo que en Valencia: las tardes se me han hecho interminables. No ha hecho mucho calor, por suerte, pero el sol ha estado ahí. Todos los días. Incesante.
No entiendo por qué, pero las tardes de sol tan largas acaban afectándome anímicamente, los ánimos me bajan y solo estoy deseando que se esconda detrás de los edificios para que quede menos para la noche. Y claro, encima aquí súmale una hora más de día porque estamos encima de Portugal, que tiene una hora menos.
He pensado mucho en ello, en por qué me ocurre esto, y una de las razones que he encontrado es que me recuerdan a las tardes de verano que me pasaba en casa encerrada porque no tenía amigas con las que quedar. O sí las tenía pero me quedaba esperándolas.
Me recuerda al miedo que me entraba cada vez que terminaba el curso porque eso quería decir que venían las vacaciones de verano. Cosa que cualquiera deseaba, ¿no? Bueno, ese no era del todo mi caso.
En verano ya no había horarios, no había clases, no había obligaciones… No había rutina de ver todos los días a los compañeros de clase ni a mi mejor amiga. Todos de desperdigaban, tenían su verano y yo el mío. El mío consistía en pasarme los días preguntando a mi amiga si podía quedar y cuando me decía que sí: quedar; cuando me decía que no: preguntar cuándo podría y dedicar todas las horas a esperar a que llegase el día. Cuando llegaba, al despedirme siempre preguntaba cuándo nos volveríamos a ver. Necesitaba asegurarme la próxima vez cuando estuviésemos en persona, así ya tenía una próxima quedada en el frente. A día de hoy sigue pasándome eso, fruto de aquella época y de aquellos traumas que siguen en mí, aunque menos fuertes.
Mi vida estaba dedicada a una persona y a sus planes, todo lo demás era secundario. Recuerdo una tarde entera en casa esperando a que llegase mi amiga. Eran las cinco y me mandaba un mensaje diciéndome que llegaría más tarde; a las seis me mandaba un mensaje diciéndome que llegaría un poco más tarde; a las siete y media me mandaba un mensaje diciéndome si podía quedarse a cenar. Y yo, por supuesto, le decía que sí y era la más feliz porque mi amiga ha decidido quedarse a cenar en mi casa. No porque le conveniese porque literalmente le venía de camino desde el metro porque ella vivía a las afueras del pueblo, no. Lo hacía porque me quería y quería verme, ¿a que sí?
Tardes y tardes en las que un “tenemos que quedar” era todo lo que necesitaba para mantenerme con esperanzas.
Puede que las tardes interminables en casa me recuerden a aquellos veranos, puede que me recuerden a que, en realidad, nunca me ha gustado el verano. Ese verano que siempre está en la cabeza de la gente, esas vacaciones llenas de planes, de amigos, de anuncio de Estrella Damm y que yo nunca he tenido.
Tantas horas de sol por la tarde hasta me ofenden, siento que el mundo está diciéndome que tengo muchas cosas que puedo hacer, que tengo una tarde maravillosa por delante para hacer mil planes diferentes. Pero no puedo, hay días en los que no quiero salir, en los que no tengo fuerzas para pensar en planes, pero el sol y la luz reflejada en la fachada me recuerdan las horas que estoy desaprovechando.
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